
Mucho ha llovido en la piel de toro desde mi último artículo en el que denunciaba el estado de descomposición en que se encuentra la vida pública española. Desafortunadamente esa lluvia ha sido para embarrar aún más, si cabe, el lodazal en que se desenvuelven los poderes de un Estado en declive. Poderes que hoy nadie acierta a ver dónde tienen los límites.
Ya sólo nos faltaba ver la esperpéntica utilización del Judicial por parte del Ejecutivo con el único objetivo de eliminar al enemigo político. Para colmo con tintes entre lo folclórico y lo preconstitucional. Sin mayores consecuencias, como de costumbre, salvo la dimisión de un ministro más por las apariencias que por las realidades.
Mucho he reflexionado sobre mis propias palabras y sobre las que amablemente vertieron los que leyeron aquellas líneas. Estamos asqueados, hartos, desilusionados y tremendamente preocupados. Sin embargo, ¿qué estamos haciendo?. Sí, ¿qué estamos haciendo nosotros, la sociedad civil, los ciudadanos de a pie que vemos como un país entero se sume en la más absoluta de las podredumbres sociales, políticas y morales?. Nada. Absolutamente nada.
Bueno sí, nos quejamos y nos peleamos entre nosotros. Tapamos las vergüenzas de nuestro bando y multiplicamos las del bando contrario, convirtiéndonos así, no ya en víctimas, sino en simples hooligans de este gran partido de fútbol que es la política.
Nos conformamos con acudir a las urnas cada cuatro años para otorgar un poder ilimitado a un partido político. Algunos, los menos, salen de vez en cuando a protestar a la calle, no sabemos muy bien si como sustitutivo del partido del domingo o como verdadera protesta ciudadana. Salen detrás de pancartas en manifestaciones lideradas por famosotes de medio pelo y políticos corruptos. “Yo estuve allí”, podrán decir a sus nietos. Aunque a lo mejor no dicen nada porque todos lo que agarraban la pancarta estarán ahora entre rejas –lo dudo mucho- o habrán renegado de los que hoy son sus “principios inquebrantables”.
La mía, la de la mayoría de los que se acercan a leer esto, es la generación más preparada de la Historia de España. Algunos hemos superado ya la década en las lides profesionales, empresariales o académicas. Nos incorporamos al mercado laboral en plena crisis y estamos alcanzando la madurez profesional cuando las nubes no pueden ser más oscuras.
No podemos continuar quejándonos. Comprobando como se nos ha relegado al mero acto del ejercicio del voto. Viendo cómo el dinero de nuestros impuestos se dilapida en los despachos oficiales de ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas y ministerios, sin el menor rigor ni control.
No podemos seguir lamentándonos por los desmanes que se cometen en nombre del progreso, de la libertad o de una democracia viciada. Porque la realidad es que se están cometiendo por mero sectarismo y con el único objetivo de alcanzar o perpetuarse en el poder.
Ha llegado la hora de reaccionar, estimado lector. Se acabaron los llantos y las culpas. Estamos dilapidando, no sólo el capital económico y democrático alcanzado por España durante décadas duras y complejas, sino nuestro propio futuro como ciudadanos de un país herido.
Ha llegado la hora de actuar, queridos amigos. Empecemos a pensar qué podemos hacer por nuestro país para levantarlo de este estado de postración. Aquí está el primer voluntario.






